Científicos detectan que algunos mosquitos prefieren cada vez más la sangre humana


Cada temporada de mosquitos se repite la escena: más picaduras, más repelente y la sensación de que estos insectos parecen preferirnos. Esa percepción, lejos de ser solo subjetiva, empieza a tener respaldo científico.

Investigaciones recientes advierten que ciertos cambios ambientales están modificando la conducta alimentaria de estos insectos.

El fenómeno no responde a una “evolución exprés”, sino a un ajuste práctico. Cuando disminuyen los animales silvestres que tradicionalmente les servían de fuente de sangre, los mosquitos amplían su menú. Y en zonas con fuerte presencia humana, la opción más disponible somos nosotros.

Un trabajo publicado en la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution analizó este comportamiento en áreas protegidas del estado de Río de Janeiro, en Brasil. Allí, equipos de investigación observaron que la presión humana sobre el entorno puede influir directamente en la elección de huésped.

El hallazgo no es menor. Los mosquitos son vectores de enfermedades como el dengue, el zika o la fiebre amarilla. Si aumenta su contacto con humanos, también crece la posibilidad de transmisión viral, especialmente en regiones donde estos patógenos ya circulan.

La investigación se desarrolló en dos reservas naturales sometidas a distintos niveles de alteración ambiental. Durante el crepúsculo —momento de mayor actividad de muchas especies— los científicos capturaron ejemplares para analizar su alimentación.

En el laboratorio, examinaron el ADN presente en la sangre ingerida por las hembras. De más de 1.700 mosquitos recolectados, solo una fracción tenía sangre reciente. Sin embargo, los resultados fueron contundentes: una proporción significativa se había alimentado de humanos.

En contextos con menor diversidad de fauna, las aves, anfibios y pequeños mamíferos dejaron de ser la principal fuente. Según detallan los autores en Frontiers in Ecology and Evolution, la disponibilidad inmediata pesa más que cualquier preferencia innata.

Los investigadores subrayan que muchas especies presentan flexibilidad conductual. Si el entorno cambia, ajustan su estrategia. En paisajes fragmentados, con menos hábitats naturales y más presencia humana, la sangre humana se convierte en una opción frecuente y accesible.

El dato preocupa porque modifica la dinámica de transmisión de enfermedades. Cuanto mayor es la frecuencia de picaduras a personas, más fácil resulta que un virus pase de un individuo infectado a otro sano.

La pérdida de biodiversidad cumple un papel central. Cuando los ecosistemas se degradan, algunas especies desaparecen y otras prosperan. Los mosquitos, particularmente adaptables, suelen beneficiarse de entornos intervenidos, donde encuentran agua estancada y menos depredadores naturales.

El estudio también sugiere que monitorear la dieta de los mosquitos podría funcionar como una señal temprana de alerta sanitaria. Si en una región aumenta la proporción de sangre humana en estos insectos, podría anticiparse un mayor riesgo de brotes.

Los autores insisten en que la respuesta no debe limitarse al control químico o a campañas estacionales. El modo en que se gestionan los territorios —deforestación, urbanización, uso del suelo— influye directamente en la exposición humana.

En definitiva, el incremento de la atracción por la sangre humana no es un capricho biológico, sino un reflejo del desequilibrio ambiental. Cuando el ecosistema pierde variedad y estabilidad, los efectos no quedan confinados al bosque: llegan hasta nuestras casas, en forma de zumbido y picadura.

Fuente: www.clarin.com

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